Frutos secos: un pequeño gran tesoro

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Frutos secos: un pequeño gran tesoro

Como dice el refrán, el buen perfume se vende en frasco pequeño, y eso mismo ocurre con los frutos secos. A pesar de su reducido tamaño, su aporte nutricional y sus beneficios para la salud son enormes. Llamados así por su composición natural —contienen menos de un 50% de agua—, en innumerables ocasiones han sido despreciados como «comida para pájaros». Sin embargo, los frutos secos constituyen una facilísima manera de incorporar una explosión de vitaminas y minerales a la dieta diaria. Añadirlos a un smoothie, agregarlos al tazón de cereales o, directamente, llevar un «pack de emergencia» en el bolso o mochila para tenerlos a mano en cualquier momento en que el hambre apriete es una sabia decisión.

Los frutos secos han sido una importante fuente de energía a lo largo de la historia, y hay muchas referencias a ellos en la literatura: tanto las almendras como los pistachos son mencionados en escritos desde los tiempos bíblicos, y es sabido que los romanos entregaban almendras azucaradas como regalo en las bodas. Además, los científicos creen que los primeros humanos comían nueces, principalmente gracias a los resultados obtenidos del análisis del grosor del esmalte dental y de la microestructura dental de un homínido que vivió en África hace 4.2 millones de años.

Por otro lado, en los países donde se comen más frutos secos, la incidencia de enfermedades cardiovasculares es menor. En otro tiempo evitados por su cantidad de grasas, los frutos secos se han revelado como una importante parte de nuestra dieta diaria. Además de de las grasas saludables, nos proporcionan hidratos de carbono, fibra, proteína y vitaminas y nutrientes esenciales. Solo un puñado de frutos secos puede hacer frente a la falta de minerales —magnesio, zinc, selenio y cobre— en las dietas occidentales tradicionales. Además, proporcionan saciedad, que puede ayudar a regular el peso.